Arquitectura de la Ciudad Perdida

De acuerdo a investigaciones realizadas por antropólogos, la Ciudad Perdida fue construida hacia el año 700 de nuestra era y fue el centro urbano más importante entre los 250 asentamientos indígenas descubiertos hasta el momento en la Sierra Nevada de Santa Marta. Su población oscilaba entre 1.400 y 3.000 habitantes.

La Ciudad Perdida estaba conformada por más de 250 terrazas distribuidas en ocho “barrios” cuyo espacio servía para vivir, trabajar y realizar las ceremonias religiosas. Los sectores de la ciudad estaban comunicados a través de una red de caminos empedrados y escaleras ubicadas en las laderas que garantizaban el acceso a los campos de cultivos.

El éxito de la arquitectura Tayrona consistió en evitar la erosión causada por las lluvias en las pendientes de las laderas, gracias a una red de distribución de lluvias que permitían un eficaz control de las aguas. Para esto también, los indígenas Tayrona construyeron muros de doce metros de altura que sostenían los múltiples caminos que atravesaban la ciudad.

Arquitectura Tairona

 

Dadas las características del terreno de la Sierra Nevada de Santa Marta, la construcción de grandes aterrazamientos fue fundamental para poder erigir templos, residencias, plazoletas y sitios de reunión. Para propósitos de defensa, la localización de la gran mayoría de los poblados sobre la cima de colinas escarpadas y de difícil acceso hacia innecesario construir fortificaciones. Si además tenemos en cuenta que la única manera de llegar a los poblados es a través de escaleras emplazadas sobre pendientes con hasta un 60 por ciento de inclinación, en las que sólo es posible desplazarse en fila india, podemos entender por qué fue tan difícil para los españoles atacar y dominar estas poblaciones. A su vez, se aprovecharon las laderas menos pronunciadas y áreas planas como espacios de cultivo.

Las terrazas que se observan en Ciudad Perdida son de dos tipos, pero en general se utiliza la técnica conocida como “tierra armada”. Las más sencillas comenzaron como cortes sobre una ladera a la que se le agregaron hiladas de piedra en la parte baja para crear un muro de contención y en la parte alta para recubrir el talud. La superficie plana que queda es reforzada mediante compactación, en algunos casos agregándole más piedra de tamaño mediano. Para elevar el muro por encima de un metro de altura, es usual que se agregue una hilada de lajas más largas y anchas sobre las que se eleva otro muro escalonado. El peso del muro sobre las lajas más anchas actúa de amarre sobre la estructura, impidiendo su deformación o deslizamiento. Una vez terminada la terraza, se recubrían las superficies expuestas al agua con lozas de piedra para evacuar el agua rápidamente, evitando así la erosión por saturación de agua. Se emplazaba entonces el anillo en piedra cortada y pulida, elevando de la superficie que servía de base a la vivienda o estructura a ser construida sobre esa terraza.

A medida que se creció la población y la necesidad de espacios planos, se fueron agregando cotes cercanos, empatando unos muros con otros hasta crear grandes superficies aterrazadas de manera escalonada que superan los tres mil metros cuadrados de superficie utilizable. Por otro lado, las terrazas construidas sobre la colina principal que constituye la base del Eje central, implicaron la construcción de muros de contención a ambos lados de afloramientos rocosos superficiales y el relleno y nivelación progresiva. Una vez se completaba una plataforma, era posible construir la siguiente, puesto que la primera se usaba como base para el muro de contención de la que seguía. En los bordes de los muros también se pueden observar puntuales verticales hincados en la tierra que sirven para evitar el desplazamiento de las hiladas de piedra.

Uno de los aspectos más interesantes de la arquitectura tairona es que representa un claro ejemplo del desarrollo de patrones constructivos completamente diferentes a la experiencia urbana moderna en donde predomina la línea recta, la subdivisión espacial en cajas y el uso de ángulos rectos. Incluso si se le compara con los patrones constructivos de otras sociedades precolombinas tales como la inca, maya, azteca o los grandes centros urbanos de Teotihuacán –México-, o Tiwanaku –Bolivia- no existen similitudes aparentes ya que en éstas es frecuente el uso de las formas cuadradas, la línea recta y el uso de muros divisorios para crear múltiples espacios internos dentro de una sola edificación.

Por el contrario, en la arquitectura tairona resalta la sinuosidad, el uso del círculo como elemento formal, los espacios abiertos entre construcciones y el manejo constante de la circulación y el movimiento en los poblados. Eso también se puede observar en la extensa red de caminos, escaleras y andenes internos que guían la circulación en un asentamiento como Ciudad Perdida. Si bien arquitectura tairona y la construcción de estos poblados transformó completamente el paisaje de la Sierra Nevada de Santa Marta en los siglos XII y XV, uno de los aspectos más interesantes es que las formas utilizadas siguen y resaltan las formas topográficas y el paisaje mismo. Esto implica un patrón de baja densidad constructiva en comparación con el área total ocupada, la cual pudo ser mucho más extensa.

Por otro lado y debido a este patrón, los poblados tairona no tienen bordes bien definidos que nos permitan determinar con claridad donde comienza o termina un pueblo. A diferencia de muchas otras sociedades precolombinas y preindustriales, los tairona no hicieron uso de muros, fortificaciones o paredes defensivas perimétricas para delimitar y encerrar sus poblados. Si a esto le agregamos la existencia de un sinnúmero de caminos que comunican los poblados entre sí, lo que emerge es un patrón de poblamiento caracterizado por la conurbación. Esto significa que en un área determinada, como puede ser una cuenca de un río y sus afluentes principales, se encuentran una serie de poblados, cada uno con sus características, que hacen parte de un mismo sistema. A grandes rasgos, esto es lo que ocurre en la cuenca del río Buritaca y otras zonas de la Sierra que en tiempos precolombinos parecen haber estado densamente habitadas.

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